Una guerra de élites, una muerte de pobres, por Daniel Barrios

Veintiún días. La guerra que iba a durar pocas horas cumple veintiún días. La que iba a durar pocos días, lleva ya tres semanas.

Marcelo Telez
20 mar 2026 · 11:49 · 6 min de lectura
Una guerra de élites, una muerte de pobres, por Daniel Barrios

Y los mismos que prometían la victoria rápida ahora hablan de cien días.

Mientras tanto, el fuego sigue. Y hay preguntas que nadie en los grandes medios se anima a formular. Acá sí las vamos a hacer.

¿Quiénes dirigen esta guerra?

Benjamin Netanyahu enfrenta causas abiertas por soborno, fraude y abuso de confianza desde 2020.

Tiene acuerdos comprobados con medios de comunicación para obtener cobertura favorable a cambio de beneficios regulatorios. Es un hombre que conduce una guerra mientras sus propios tribunales lo juzgan.

Donald Trump es un presidente condenado con múltiples causas en curso: pago de dinero para silenciar a una acompañante —con 34 recibos falsificados para justificarlo—, apropiación indebida de documentos clasificados, dos causas por intento de falsificar resultados electorales y asociación ilícita en Georgia por querer manipular el voto en ese estado.

Esa es la gente que hoy conduce esta guerra. Dos líderes con causas judiciales abiertas, que mandan a otros a morir para sostener intereses que no son los de sus pueblos.

Un académico estonio, el Dr. Rein Müllerson, exasesor jurídico de Mijaíl Gorbachov, lo definió con precisión: esto es una guerra de agresión contra Irán. No hay línea roja delgada que analizar. Ya la avasallaron.

¿A quiénes mandan a la guerra?

Un estudio de la Universidad de Yale sobre la Segunda Guerra Mundial reveló que entre el 80 y el 90% de los 16 millones de soldados movilizados por Estados Unidos provenían de la clase trabajadora, la clase baja y la clase media. Los pobres.

No es una excepción histórica. Es la regla.

Las guerras las diseñan quienes tienen think tanks, fundaciones y acceso al petróleo. Las pelean quienes tienen una familia que alimentar y pocas alternativas.

Y cuando termina el conflicto, los primeros reconstruyen los países destruidos —y ganan más dinero— mientras los segundos cuentan sus muertos.

El trato que espera a los eliados

Antes de que Argentina dé un solo paso hacia esta guerra, conviene recordar cómo trata Estados Unidos a quienes pelean a su lado.

Los 32.000 voluntarios de la Fuerza Expedicionaria Brasileña que combatieron en Italia durante la Segunda Guerra Mundial fueron enviados siempre al frente. A los peores lugares. A enfrentar a los alemanes primero, para que las fuerzas aliadas entraran después de producidas las bajas más pesadas.

Los soldados coloniales de Francia —argelinos, tunecinos, marroquíes, senegaleses, congoleses— combatieron adelante, mal armados, sin equipamiento para el invierno europeo. En una ocasión, pidieron enfrentar a los alemanes a machete.

Imaginemos la escena: los soldados coloniales con machetes frente a la maquinaria militar nazi. El 60% de las bajas francesas recayó sobre ellos. No se los reconoció hasta aproximadamente 2009. La guerra terminó en 1945. Hicieron esperar sesenta y cuatro años para hablar de compensaciones.

Y hay un episodio que pocos recuerdan: durante el Desembarco de Dieppe en 1942, cuando las tropas aliadas tuvieron que retirarse en desbandada, británicos y norteamericanos simplemente se olvidaron de sus aliados canadienses.

Ocho mil trescientos soldados canadienses quedaron prisioneros de los alemanes hasta el fin de la guerra. Abandonados. Ese es el trato.

La guerra que no esperaban

Joe Kent, ex boina verde y hasta hace pocos días director del Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, renunció.

Su declaración fue contundente: Irán no representaba ningún peligro para nadie, no tenía intención real de desarrollar un arma nuclear, y esta guerra únicamente sirve a los intereses de Israel.

Un funcionario norteamericano de alto rango, que conoce la inteligencia desde adentro, lo dijo. Y renunció antes que ser cómplice.

Mientras tanto, en el campo de batalla la historia no está saliendo como la prometieron. Dos cazas F-35 —el avión "invisible" más avanzado de Occidente— fueron alcanzados por fuego iraní. Uno aterrizó de emergencia. El otro cayó en territorio iraní.

Lo confirmó Tim Hawkins, portavoz del Comando Central de Estados Unidos, citado por CNN. Irán además destruyó el sistema ferroviario central de Tel Aviv, paralizando el transporte de tropas israelíes.

Y sigue lanzando misiles cada vez más sofisticados, misiles que nadie había visto antes en este conflicto.

Washington dijo que destruyó el 100% de la capacidad defensiva iraní. Irán responde con armamento más preciso cada semana. Algo no cierra.

El bolsillo y la bomba

Las consecuencias no se quedan en el Golfo Pérsico. La nafta premium en Argentina rozó los dos mil pesos el litro.

Un salto de alrededor del 12% en pocas semanas. Las aerolíneas africanas anunciaron que desde mañana no tendrán combustible. Vuelos suspendidos en todo el mundo.

Hay manifestaciones en Washington contra la guerra, algo que los grandes medios tardaron en mostrar. La resistencia interna en Estados Unidos existe, aunque la televisión prefiera no verla.

En Palm Beach, Florida —el distrito donde está Mar-a-Lago, la residencia de Trump— los republicanos perdían en la elección anterior por 75% a favor.

Esta semana perdieron la banca por cinco votos. Cinco votos. El clima político en el corazón del trumpismo empieza a moverse.

Argentina, que no sean nuestros muertos

El gobierno argentino está mostrando un alineamiento con Washington que genera una pregunta inevitable: ¿cómo serán tratados nuestros soldados si algún día van a esta guerra?

La historia ya respondió esa pregunta varias veces. Y siempre de la misma manera.

Hago mías las palabras de Arturo Jauretche, quien le escribió a Farrell cuando Estados Unidos presionaba a la Argentina para que ingresara a la Segunda Guerra Mundial. Jauretche fue claro: que no nos metamos en esta guerra, que es una guerra entre imperios. Que se arreglen ellos. Si un argentino tiene que morir, que sea defendiendo nuestras fronteras.

Somos una nación de paz. O al menos eso fuimos, y eso deberíamos seguir siendo.

Esta guerra la diseñaron hombres con causas judiciales abiertas, la financian fundaciones que después reconstruirán lo que destruyan, y la pelean los hijos de la clase trabajadora de varios países.

Es el mismo esquema de siempre. Cambian los nombres, cambian los mapas, cambian las banderas. Pero los que mueren siempre son los mismos.

Esperemos que la cordura prime. Esperemos que pare. Y esperemos que Argentina tenga la sabiduría de no mandar a sus hijos a una guerra que no le pertenece.

Daniel Barrios
Secretario de Redacción | RPD Noticias

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