¡Viva La Libertad Carajo! Una radiografía de LLA, por Joselo Riedel

Gran parte de la ciudadanía apostó a una idea que parece sencilla, pero es muy seductora: si se "achica el Estado, bajan los impuestos y la gente vive mejor".

Marcelo Telez
17 mar 2026 · 22:03 · 4 min de lectura
¡Viva La Libertad Carajo! Una radiografía de LLA, por Joselo Riedel

Mentira total, porque en la práctica nadie paga menos por nada en Argentina y cada vez seguirá pagando más.

El planteo se presenta como una fórmula casi matemática, donde menos intervención pública significaría automáticamente más prosperidad individual.

Hasta ahí te lo tomo. Correcto.

Sin embargo, cuando se observa con atención cómo se aplican estas políticas, el resultado es bastante diferente de la promesa inicial.

El primer aspecto que aparece con claridad es que el achicamiento del Estado rara vez se realiza en los sectores donde se concentra el verdadero poder económico.

En cambio, los recortes suelen dirigirse hacia las áreas que sostienen la vida cotidiana de la mayoría de la población, como salud pública, educación, jubilaciones, ciencia, infraestructura, trabajo. Es decir, el ajuste se ejecuta sobre las bases del entramado social, allí donde viven y trabajan millones de personas. Todos nosotros.

Así, el discurso de la "eficiencia" termina funcionando como un mecanismo de redistribución regresiva.

El Estado deja de invertir en políticas (que al fin y al cabo es para lo que pagamos los impuestos), mientras, paralelamente, se multiplican las condiciones favorables para los grandes grupos económicos con desregulaciones, beneficios impositivos selectivos, apertura de mercados sin regulaciones o procesos de privatización.

Todo para los sectores que la están juntando con pala.

En la práctica, lo que está pasando no es simplemente una reducción del gasto público, sino una transferencia de recursos desde abajo hacia arriba.

Mientras se recortan ingresos y derechos de trabajadores, jubilados y sectores medios de la mayoría de todos nosotros, los sectores económicos más concentrados encuentran nuevas oportunidades para ampliar su rentabilidad.

En ese contexto, también se debilita el mundo del trabajo.

Las políticas de desregulación y flexibilización suelen traducirse en empleos más precarios, pérdida de derechos laborales y deterioro del salario real, lo que amplía la brecha social.

Cuando el Estado abandona su función reguladora, el mercado no equilibra las relaciones económicas; por el contrario, tiende a consolidar el poder de quienes ya cuentan con mayores recursos.

Algo similar pasa con los bienes naturales.

La apertura acelerada de recursos estratégicos -energía, minerales, agua, tierras o biodiversidad- ser presenta como una vía rápida para atraer inversiones.

Pero es mentira, ese proceso implica que grandes corporaciones accedan a esos recursos en condiciones altamente favorables, mientras las comunidades locales reciben una porción mínima de los beneficios y deben afrontar los impactos ambientales y sociales terribles.

En este escenario aparece otro concepto clave que fue utilizado con gran potencia simbólica: la “libertad”. La palabra se convirtió en una consigna política central, repetida como una promesa de emancipación frente a un Estado supuestamente opresivo. Pero en la práctica, esa libertad no existe para nosotros.

Porque cuando se debilitan las políticas públicas que garantizan derechos básicos, la libertad termina siendo un privilegio de quienes ya tienen poder económico.

Para los grandes capitales, la desregulación significa mayor margen para hacer negocios. Para amplios sectores, en cambio, puede significar salarios más bajos, menos protección laboral, menor acceso a servicios esenciales y mayor incertidumbre cotidiana.

Entonces, la libertad deja de ser un derecho para todos y se convierte en una libertad selectiva, disponible sobre todo para quienes tienen capital, influencia o capacidad de mercado.

Está consigna maligna funcionó también como una narrativa movilizadora que simplificó un debate complejo, presentando como liberación lo que en la práctica implicaba un reordenamiento profundo de la economía.

Un reordenamiento donde el peso del ajuste recae principalmente sobre la gente que realmente trabaja, mientras los grandotes amplían su capacidad de acumulación. Porque el culo nunca se llena. Jamás es suficiente para los vagos que realmente viven del sudor del otro.

Y lo más evidente es la corrupción tan arraigada como la que criticaban. Se hacen los "honestos" mientras saquean a dos manos.

Por eso, la discusión sobre el tamaño del Estado no puede reducirse a un eslogan.

En realidad, lo que está en juego es cómo se distribuye la riqueza, quién se beneficia de las decisiones económicas y quién paga los costos del modelo neoliberal, porque de "liberal" no tiene nada.

Porque ahora la fiesta es libertaria, y con la nuestra...

Joselo Riedel

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