Netanyahu vota por su impunidad mientras el mundo cuenta los muertos
Benjamin Netanyahu llega a las urnas con cuatro causas abiertas, una guerra que no termina y la ayuda de EE.UU. en retirada. Lo que se juega no es solo un gobierno: es su libertad y el mapa de Medio Oriente.

Hay elecciones que se votan para elegir un rumbo y otras que se votan para evitar una celda. Las que se celebran hoy en Israel pertenecen, con toda evidencia, a la segunda categoría.
Mientras en Oberá arrancaba la mañana, del otro lado del mundo ya llevaban horas abiertas las urnas. Unos siete millones de personas habilitadas para votar: menos que el padrón de la provincia de Buenos Aires, algo así como Córdoba, Santa Fe y la Capital juntas. Un país chico en electores, enorme en consecuencias.
Y una jornada que empezó con un hombre armado con un cuchillo detenido mientras intentaba atacar a Yair Golan, líder de Los Demócratas, heredero del viejo laborismo. Así, para establecer el clima.
En Israel no se elige presidente. Se eligen los 120 miembros de la Knéset, y quien logre reunir 61 voluntades forma gobierno.
Un sistema parlamentario de inspiración británica, nacido en 1948 con una promesa de dos Estados que nunca se cumplió. La izquierda gobernó hasta los años 80; después llegaron las distintas versiones de la derecha. Y desde hace tres décadas, casi dos tercios del tiempo, un solo apellido: Netanyahu.
Un primer ministro que fue corriéndose, elección tras elección, hacia la extrema derecha belicista. Y que hoy, dicho sin rodeos, necesita ganar para no terminar preso.
La inmunidad como programa
Cuatro causas de corrupción lo persiguen, entre ellas la de haber intentado comprar periodistas. Intentó remover jueces, ascenderlos, mejorarles el sueldo. El proceso sigue en pie.
Por eso no adelantó elecciones cuando podía, aun después del 7 de octubre de 2023. Y por eso, apenas un par de horas después de abiertos los comicios, ya denunciaba “fraude”. La vieja cantinela de los que huelen la derrota.
Porque las encuestas favorecen a Gadi Eisenkot, ex jefe del Estado Mayor. Otra derecha, más moderada, pero derecha al fin. Repasen los nombres en carrera: la política israelí está tomada por generales retirados. El cuartel administrando la democracia.
La guerra como argumento electoral
En la previa, Netanyahu le exigió al actual jefe del Ejército, Eyal Zamir, un ataque a Irán antes de votar. Zamir se negó: sería peor para Israel. Pero cerca del 90% de la sociedad respalda las acciones bélicas, y en Washington ya se habla, según CNN, de un ataque estadounidense sobre Irán en las próximas 96 horas.
Mientras tanto, ministros del bloque oficialista celebran como un logro haber destruido 23.000 casas en el sur del Líbano y desplazado a 200.000 personas que, dicen, “no van a volver”. La persecución de milicias era la excusa. El territorio, el objetivo.
¿Y quién paga la cuenta?
Durante décadas la pagó el lobby: financiar campañas en Estados Unidos y cobrarse en leyes, subsidios y armas. También una Europa con culpa histórica, Alemania a la cabeza.
Pero el propio Netanyahu anunció que se termina la ayuda del amigo americano y propuso preparar carteras de criptomonedas para esquivar sanciones. El Banco de Israel le respondió que, con sanciones, de poco servirán.
La “única democracia de la región”, entonces: doce millones de habitantes, siete millones de votantes, y millones de palestinos sin derecho a voto, muchos de ellos sin casa a la que volver.
Lo que viene
La paradoja es que los dos partidos árabes podrían sumar unos 20 escaños, y ningún bloque judío quiere sentarse con ellos. Lo probable: gana Eisenkot, no le dan los números y en unos meses se vota otra vez. Lo improbable, pero posible: que Golan acepte esos votos. Sería un giro de 180 grados, en la guerra y en el mundo.
Desde acá, a miles de kilómetros, el poder central ya eligió bando hace rato. La pregunta es si alguien en Buenos Aires mira algo más que el mapa de Washington y Tel Aviv. Porque el mundo es bastante más grande que eso.
Daniel Barrios
Secretario de Redacción RPD Noticias