
Significó esa misa ricotera que nos unió a los que siempre "chupamos la fruta sin poder morderla", a los nunca nadie "escuchó nuestras remeras".
Nos unió en esa liturgia en la cual nos reconocíamos en las peregrinaciones, las largas esperas, en la oscuridad tremebunda, en el acecho de una vida que tenía para ese "nosotros" poco más que "un par de sienes ardientes que eran todo el tesoro".
O a lo sumo un manojo de "tics de la revolución" mientras el neoliberalismo nos destrozaba la vida.
Ese nosotros ricotero incluyó a los que crecimos entre los asesinatos de Bulacio y los de Kostecki y Santillán. Los que sospechamos que el mundo fue es y será siempre un lugar inhóspito para la sensibilidad, la fragilidad, para la humanidad.
Por esas cuestiones, esa poética de la imposibilidad que los redondos representaban era nuestra, nuestros trapos rojos y negros en nuestros corazones.
El Indio fue la fascinación de la noche, el olor de las bengalas, el sudor y la violencia tribal del pogo más grande del mundo, los abrazos, los besos, las miradas, las canciones entonadas en una ruta, en una noche, en una fiesta o en una soledad rencorosa de la que no podíamos salir.
El arte popular es amorosamente íntimo. Es el que pone sus palabras, sus acordes, sus metáforas al dolor, a la alegría, a la frustración y a la felicidad de las mayorías.
El arte popular es el que siempre reúne a los que estamos afuera de un mundo cruel y excluyente.
Gracias Indio por hacer de los descartados de cualquier género -los pibes y las pibas, los pobres, los feos, los gordos, los perdedores, los marginados, los disconformes, los precarizados espirituales- un tipo de "nosotros" en el que pudiéramos sobrevivir agazapados "en un palacete un par de días" disfrutando del "maldito amor que tanto miedo da".
Gracias Indio por ese bello fuego que nos permitió ver de que lado de la mecha nos encontrábamos.
Fuiste mi único héroe en este lío...
Hernán Brienza


