¿Soberanía para la tribuna o soberanía de verdad? por Pedro Ríos

Hay palabras que en política cotizan alto. Una de ellas es "Soberanía". Y esta semana, Javier Milei volvió a descubrirla.

Marcelo Telez
4 sep 2026 · 16:42 · 6 min de lectura
¿Soberanía para la tribuna o soberanía de verdad? por Pedro Ríos

Ahora resulta que las Malvinas son una causa sagrada. Que hay que defender nuestra soberanía. Que hay que sancionar a las empresas que exploten petróleo en las islas sin autorización argentina.

Incluso anunció nuevas medidas contra las petroleras vinculadas al proyecto Sea Lion y anticipó una iniciativa para reforzar la legislación sobre soberanía.

Bienvenido sea.

Las Malvinas son argentinas.

Y cualquier gobierno argentino tiene la obligación de sostener ese reclamo.

Pero hay una pregunta que no podemos dejar pasar:

¿La soberanía se defiende solamente con discursos cuando el tema aparece en cadena nacional?

Porque soberanía no es solamente Malvinas.

Soberanía también es decidir qué hacemos con nuestros recursos.

Soberanía es defender nuestros productores.

Soberanía es cuidar nuestro territorio.

Soberanía es tener una política energética propia.

Soberanía es que las decisiones sobre la economía argentina no se tomen mirando primero qué dice Washington, qué quiere el mercado financiero o qué necesitan los grandes grupos económicos.

Y acá aparece una contradicción que merece ser discutida.

Porque mientras el Gobierno endurece el discurso sobre Malvinas, en Tierra del Fuego se denunció recientemente la presencia de un petrolero británico en Ushuaia, en un contexto donde el Gobierno nacional mantiene intervenida la administración del puerto. La provincia cuestionó justamente la contradicción entre hablar de soberanía en el Atlántico Sur y permitir determinadas operaciones vinculadas a intereses británicos.

Entonces, muchachos:

¿La soberanía se grita o se ejerce?

Porque si es solamente para la foto, estamos frente a otra cosa.

Estamos frente a marketing político.

Milei viene a Misiones

Y justamente hoy tenemos otro ejemplo de esa contradicción.

Milei viene a Misiones, va a Puerto Iguazú. Va a hablar ante empresarios y dirigentes económicos.

Pero mientras el Presidente llega a la tierra de la yerba mate, los productores llegan con tractores y camiones para reclamarle.

No van a recibirlo con aplausos.

Van a intentar entregarle un petitorio.

Porque la yerba está en crisis.

Los productores reclaman que se restituyan facultades al Instituto Nacional de la Yerba Mate y que exista un precio mínimo para la hoja verde.

Y acá aparece otra vez la palabra soberanía.

Porque pregunto: ¿qué mayor símbolo de soberanía productiva que un productor misionero pueda vivir dignamente de producir yerba mate?

Tenemos una provincia que produce una de las infusiones más consumidas del país.

Tenemos miles de familias que dependen de esa actividad. Tenemos tareferos, secaderos, productores, transportistas, comerciantes. Y después de la desregulación, el productor quedó negociando en inferioridad de condiciones frente a los grandes compradores.

Hay organizaciones que denuncian que hoy se está pagando al productor alrededor de 250 a 300 pesos por kilo de hoja verde, mientras los costos de producción rondarían los 500 pesos. ([Revista Acción][4])

Entonces la pregunta es sencilla: ¿de qué sirve hablar de libertad de mercado si el pequeño productor no tiene libertad para negociar?

Porque cuando hay miles de productores frente a unos pocos compradores, eso no es una negociación entre iguales.

Es el pez grande comiéndose al chico.

Y después nos explican que eso es libertad. No.

Eso tiene otro nombre: asimetría de poder.

Y ahora el glifosato

Y como si faltara otra muestra de cómo funciona la política misionera, aparece el capítulo del glifosato.

La Legislatura provincial acaba de modificar la Ley de Bioinsumos y eliminó la prohibición que pesaba sobre el uso del glifosato.

La votación fue unánime. Los 40 diputados acompañaron la modificación. Y acá está lo interesante.

Porque la ley que prohibía el glifosato había sido impulsada hace apenas tres años.

Ahora se da marcha atrás. ¿Y por qué?

Porque durante todo este tiempo productores, empresarios y sectores productivos reclamaron que la prohibición no contemplaba las condiciones reales de producción y las exigencias de los mercados.

Primero se prohibió.

Después se prorrogó.

Y ahora se eliminó la prohibición.

Entonces uno empieza a preguntarse: ¿cuánto hay de política ambiental y cuánto hay de política de poder?

Porque esto también tiene que ver con la interna del oficialismo misionero.

La misma estructura política que impulsó aquella prohibición hoy acompaña su modificación.

Y esto no es solamente una cuestión legislativa. Es una señal.

Una señal hacia el sector productivo.

Una señal hacia los empresarios.

Y también una señal dentro del propio oficialismo.

Porque cuando una fuerza política gobierna durante décadas, llega un momento en que las decisiones no solamente se toman pensando en la gestión.

También se toman pensando en quién conduce, quién se reposiciona y quién llega mejor parado a la próxima elección.

Y ahí está la interna.

Mientras el oficialismo nacional tiene sus propias peleas, el oficialismo misionero tampoco está exento.

La política es así... Un día una bandera es verde. Al otro día es amarilla.

Y cuando cambia el viento... todos descubren que siempre habían pensado lo mismo.

Soberanía, productores y política

Entonces volvamos al principio.

Malvinas.

Soberanía.

Productores.

Glifosato.

Parece que son temas distintos.

Pero tienen un punto en común: ¿quién decide?...

¿Quién decide sobre nuestros recursos?

¿Quién decide cuánto vale el trabajo de un productor?

¿Quién decide qué se puede producir?

¿Quién decide las políticas ambientales?

¿Quién decide qué intereses pesan más?

Porque soberanía no es solamente decir: “Las Malvinas son argentinas”.

Eso lo sabemos.

Soberanía también es que Argentina pueda decidir sobre sus recursos naturales.

Que Misiones pueda defender a sus productores.

Que el productor pueda tener una renta digna.

Que las políticas públicas no se escriban en un escritorio y después se obligue al que trabaja en la chacra a adaptarse como pueda.

Y también significa que cuando un gobierno se equivoca, tenga la capacidad de reconocerlo.

Porque modificar una ley no es pecado.

El problema es hacer de cuenta que nunca pasó nada.

Y acá hay algo que la política argentina conoce demasiado bien:

Primero te venden la épica.

Después te explican la necesidad.

Y finalmente te presentan la marcha atrás como si hubiera sido siempre el plan original.

Porque al final del día, señoras y señores, la soberanía no se mide por cuántas veces pronunciamos la palabra.

Se mide por cuánto estamos dispuestos a defender aquello que decimos que es nuestro.

Y esa... esa sí que es La Mala Palabra.

Pedro Ríos

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