El sainete de la mediocridad, por Fernando Oz

Y todavía tienen el tupé de enojarse cuando les enrostran la verdad en un mísero tuit. Es que no hace falta más: se pegan solos, a la vista de todos, en vivo.

Marcelo Telez
31 ago 2026 · 18:25 · 7 min de lectura
El sainete de la mediocridad, por Fernando Oz

Un buen ejemplo es la Cámara de Representantes de Misiones, convertida en un esperpéntico programa de streaming, donde la política ha descendido al nivel del sainete.

Mientras tanto, allá afuera, en la Misiones real —donde el hambre no entiende de reglamentos ni de fueros— hipotecamos el futuro de nuestras infancias.

Observen el panorama. Leo en las crónicas parlamentarias que escriben mis colegas que los honorables representantes del pueblo están enfrascados en una contienda de vital importancia estratégica para el Cantón: la ubicación de una banca y el derecho a un estacionamiento exclusivo.

¡Qué osadía! Quisiera poner un emoticón, el de los ojos grandotes. Ahí lo tienen: el diputado Juan José Szychowski, alzando la voz con celo republicano digno de mejor causa, clamando contra los privilegios de Carlos Rovira, construidos y fortificados por su propio partido durante años.

Pero, además, lo sostuvo con el visto bueno de sus socios políticos y del voto popular.

Ahora, los diputados se lamentan agriamente porque el chofer del hombre del cuadrito que todos tenían en sus despachos bloquea un pasillo trasero, porque hay un portón con candado que solo abre para el Ingeniero, el Driver, el Conductor.

Todo un papelón porque las huestes del oficialismo y sus disidencias no pueden transitar alegremente hacia el patio. Se disputan los metros cuadrados como perros de presa peleando por la piltrafa.

Discuten si la banca de un diputado entorpece la cohesión de un bloque de dieciocho legisladores o si ingresan por la puerta principal pasando por el escáner como el resto de la tropa.

Y para aderezar la tragicomedia, irrumpen las denuncias de amenazas de pasillo, mentiras por redes sociales y regateos miserables por el tablero electrónico de votación. Se dan cuenta de lo que estamos hablando: es el sainete de la mediocridad. La política convertida en una rencilla de consorcio.

Lo del jueves pasado me trajo a la memoria cuando, hace unos meses, sin que se le caiga la cara de vergüenza, el diputado Walter Ríos se quejaba frente a las pantallas de Canal 4 porque su bloque matrimonial no tenía auto ni personal —dígase contratos— y porque pasaban los días y no se materializaba lo “pactado”.

Como si fuese poco, condicionó su voto y el de su esposa durante el tratamiento del Presupuesto. La solapada extorsión la hizo en el sillón del plató del Licenciado Ariel Sayas.

Pero salgan del recinto, crucen la puerta que con tanto celo custodian los choferes y los guardias de civil, y miren la realidad que los datos oficiales de Unicef arrojan a la cara con la violencia de un bofetón. Misiones, donde vivo y nacieron mis hijos, es la tercera peor provincia argentina para nacer.

No es una metáfora literaria ni un adjetivo caprichoso; es la gélida y despiadada precisión de los números del Índice Provincial de Niñez. Un desolador 0,52 en la escala de la dignidad infantil.

Señoras y señores diputados, que nacer en Misiones no sea jugar a la ruleta rusa con el futuro. Hoy es pertenecer a un territorio donde los indicadores de educación raspan el fondo de la olla nacional con un vergonzoso 0,33.

El índice de Unicef junta en una sola medida lo que antes mirábamos por separado: condiciones materiales, educación, salud y violencia. Cuatro dimensiones. Un diagnóstico. Una escala de 0 a 1. Valores más altos: mejores condiciones relativas. Valores más bajos: mayores desafíos.

No hay margen para el autoengaño: los números no perdonan. Un mapeo donde el país aparece como lo que es: una geografía de oportunidades desparejas, con algunas zonas donde la infancia parece una promesa y otras donde apenas es una supervivencia.

En el extremo favorable, la siempre acaudalada Ciudad de Buenos Aires y la Patagonia petrolera se acomodan arriba: Tierra del Fuego (0,82), CABA (0,80), Neuquén (0,76), Chubut (0,73), Río Negro (0,72). En el otro extremo, el Norte se concentra como si alguien hubiera trazado una línea con regla: Formosa (0,34), Chaco (0,43), Misiones (0,52), Corrientes (0,53) y Santiago del Estero (0,56).

Misiones, entonces, está “mal” en el ranking general. No es un castigo: es un espejo. Y los espejos, cuando duelen, son útiles. ¿Se puede discutir ese “ranking”? tal vez puede discutirse el método, el peso relativo de cada indicador, el corte de variables.

Pero lo que no se discute es la idea central: hay provincias donde la infancia recibe menos oportunidades, y el Estado—central y provincial—no puede seguir actuando como si todos arrancaran desde la misma línea.

Y a estas alturas no me creo que la única solución sea bajar los impuestos y achicar el Estado. Hay que poner mano dura, pero sobre la burocracia estatal y la casta política. Pero volvamos al índice que fue publicado por varios medios en la semana.

En condiciones materiales no estamos mal, pero figuramos entre los que ofrecen peor partida: el índice educativo sí lo marca con crudeza; en educación tenemos 0,33, detrás de Formosa (0,26) y Chaco (0,27), y por delante de Tucumán (0,37).

Es decir: el acceso, la permanencia, la calidad y la conectividad—incluida la posibilidad real de usar tecnología—tienen en Misiones un techo demasiado bajo para lo que nos deberíamos permitir. En salud estamos con 0,47, peor que la Ciudad de Buenos Aires (0,60) y por debajo de provincias como Neuquén (0,76) o Tierra del Fuego (0,72). El tema Violencia estamos 0,60, lejos de las mejores (La Pampa 0,98; CABA 0,97; Tierra del Fuego 0,96).

También hay que destacar que Unicef observa una evolución entre 2016 y 2025, donde Misiones aparece con un matiz que no conviene despreciar: mostró avances importantes. De hecho, el informe señala que entre las provincias con mejor progreso durante la última década estuvieron Chaco (el mayor avance), y luego Salta, Misiones y Entre Ríos.

Misiones, entonces, está en una encrucijada doble. Por un lado, hay motivos para mirar con cierta esperanza: la evolución de la última década muestra que se puede avanzar incluso desde condiciones complejas. Por el otro lado, el índice 2025 pone sobre la mesa que todavía no alcanza. Que seguir con el mismo modelo es una forma de abandono.

El problema no es únicamente económico. Es político, sí: porque decidir presupuestos y sostener políticas de Estado no debería ser una casualidad ni un accidente de la vida como los que ocupan algunas bancas.

La cuestión es que mientras nuestros legisladores lloriquean porque no los dejan usar el estacionamiento VIP o porque un rival no cede la silla, hay gurises que inician su vida condenados por el mero azar de la geografía.

Con qué impudicia se miran el ombligo en sus salones acondicionados mientras los docentes y jubilados claman en las puertas de la Legislatura. Misiones se debate entre privaciones estructurales y brechas territoriales insalvables, pero la agenda parlamentaria pasa por decidir quién ostenta la llave del portón trasero.

Díganme si no hay espectáculo más indignante que el de los pequeños tiranos peleándose por las migajas del poder en un barco que naufraga. Lo que está sucediendo en la Cámara de Representantes es un reflejo de lo que ocurre en todo este bendito país.

Es la tragedia de la Argentina: una clase política desconectada de la sangre y el barro, jugando a las intrigas de palacio mientras condenamos a los más jóvenes —esa única patria verdadera— a que se hundan en la miseria de la periferia.

Que sigan discutiendo las bancas, que continúen midiendo sus egos en los pasillos; la historia y los gurises a los que les dan la espalda no los absolverán.

Fernando Oz

La Voz de Misiones

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