Las penas son nuestras, los cómputos son ajenos
Milei ofreció Argentina como paraíso jurídico para la IA. El commodity cambió, la lógica es la misma de siempre.

Peter Thiel compró una mansión en Buenos Aires, inscribió a sus hijos en escuelas locales y se reunió con Milei en Olivos.
Este miércoles, Milei publicó una columna de opinión en el Financial Times anunciando un proyecto de ley para crear en Argentina una categoría jurídica nueva: la “corporación no humana”, entidades operadas por agentes de IA o robots, con responsabilidad limitada, baja fiscalidad y libertad para elegir el derecho corporativo aplicable.
El artículo termina como una invitación explícita al mundo: vengan a Buenos Aires.
El texto tiene un destinatario preciso y una tradición intelectual detrás, dos datos que el FT prefiere no contextualizar.
Thiel cofinanció Próspera, una ciudad charter de 120 millones de dólares en la isla hondureña de Roatán, con sus propias leyes, tribunales y sistema fiscal.
Cuando el gobierno de Xiomara Castro intentó cerrarla por considerarla una violación de soberanía, Próspera demandó al estado hondureño por diez mil millones de dólares.
El experimento naufragó políticamente. Con un gobierno de derecha en Honduras, Próspera vuelve a expandirse. Y Thiel busca otra escala.
El movimiento del Network State, del que Thiel es financista e ideólogo de referencia y sobre el que ya escribimos en Curatropia (acá), plantea tres vías para instalar territorios fuera del alcance de la regulación democrática: destruir gobiernos existentes, crear enclaves nuevos, o capturar estados donde la institucionalidad es porosa.
Argentina, en esta cartografía, entra por la tercera puerta.
Lo que Milei ofreció en el FT es la arquitectura jurídica que el movimiento del Network State lleva años buscando instalar dentro de un estado soberano, sin necesidad de construir un enclave desde cero.
Honduras fue el ensayo en territorio hostil. Argentina se postula como el modelo que funciona desde adentro, con el propio presidente como anfitrión.
Un hub tecnológico, en el vocabulario de la revolución de la IA, es un territorio que concentra inversión, infraestructura de cómputo masivo y un marco legal dispuesto a alojar lo que otras jurisdicciones regulan o prohíben.
La capacidad de cómputo es el commodity del siglo XXI: la infraestructura de IA está en camino de generar casi dos billones de dólares anuales para 2030, y lo que Argentina exportaría en este esquema es exactamente eso, potencia computacional vendida a otros mercados, igual que exporta soja o litio.
El propio proyecto Stargate Argentina, el acuerdo entre OpenAI y Sur Energy para instalar un data center de 500 megavatios en la Patagonia, lo confirma: la capacidad de cómputo generada aquí se vendería al exterior.
La propuesta de Milei construye ese hub por fuera de la Constitución Nacional y del derecho corporativo argentino, con las empresas eligiendo su propio régimen legal.
Un estado dentro del estado, con regulación a la carta. Brasil y Chile tomaron otro camino: Brasil exige que el 10% de la capacidad de cómputo de sus data centers quede disponible para universidades y startups locales, y que el 2% de los incentivos fiscales se reinvierta en el país.
Chile tiene un plan nacional que prioriza integración territorial y energías renovables. Argentina avanza sin ninguna de esas condiciones.
Integrarse a una revolución tecnológica y quedar afuera de sus beneficios son dos cosas distintas. La experiencia de Japón y Corea del Sur, los dos casos más citados de industrialización exitosa del siglo XX, muestra que ambos países exigieron a las empresas extranjeras compartir su tecnología con firmas locales como condición para operar.
Aprendieron primero a absorber y adaptar antes de producir. El modelo que propone Milei invierte esa lógica: ofrece territorio, energía y marco jurídico a cambio de nada que se quede acá. La propiedad intelectual, las decisiones, los mercados, se registran en otro lado.
El hilo conductor del artículo de Milei es la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales y la invención de la sociedad de responsabilidad limitada en 1602. La analogía tiene su propia historia: aquel instrumento jurídico habilitó la expansión colonial holandesa.
Milei la usa para legitimar una nueva categoría de persona jurídica que prescinde de accionistas humanos. Las entidades de IA tendrán derechos corporativos antes que muchos ciudadanos argentinos tengan acceso estable a servicios públicos.
Buenos Aires como el Ámsterdam del siglo XXI, dice Milei. La metáfora merece una corrección. Ámsterdam era la metrópoli, el lugar desde donde se administraban las colonias, donde se acumulaba el capital, donde se tomaban las decisiones.
En la historia argentina ese nunca fue el rol. Argentina fue el territorio que proveyó los recursos mientras la renta se concentraba afuera. La propuesta que Milei publicó hoy en el Financial Times no invierte esa posición más bien la actualiza.
El modelo agroexportador tuvo su versión en la pampa húmeda. Esta parece su versión en la nube.
Curatropía
