La realidad duele en Campo Viera y hay que decirlo, por Juan Maidana
Soy trabajador social. Vivo y trabajo en Campo Viera. Y lo que estoy viendo en nuestra comunidad me obliga a hablarlo en voz alta, porque el silencio también es una forma de complicidad.

Cada día que llego a mi trabajo, lo que encuentro no es un expediente ni un número. Encuentro personas.
Encuentro familias que se están rompiendo. Encuentro vecinos que no saben cómo llegar a fin de mes, que pelean entre sí porque la angustia no tiene otro lugar adonde ir.
Lo que vivimos en Campo Viera hoy es el reflejo directo de las políticas económicas nacionales, y eso hay que decirlo sin rodeos.
No hablo desde una tribuna ni desde un informe técnico. Hablo desde la atención cotidiana. Desde las visitas domiciliarias. Desde las conversaciones en el pasillo del Concejo Deliberante que es "La Casa del Pueblo”, en la vereda, en la puerta de una casa donde ya no hay qué comer.
La demanda de alimentos no para de crecer
Una de las primeras cosas que registré con preocupación creciente es la demanda de alimentos.
Creció. Y sigue creciendo. No porque la gente de Campo Viera sea menos capaz o menos trabajadora que antes, sino porque el desempleo avanzó, porque los ingresos no alcanzan, porque la crisis económica terminó convirtiéndose en crisis social.
Y la crisis social tiene su propia cadena: la familia que no llega a fin de mes empieza a tensionarse por adentro. Esa tensión deriva en conflicto. El conflicto termina, muchas veces, en un proceso judicial.
En mi trabajo veo todos los días casos de violencia de género, de disputas por alimentos, por responsabilidad parental, por regímenes de visita. Cuando uno investiga en profundidad, en el fondo de casi todos hay una causa económica.
Y ahí aparece otro problema que me indigna especialmente: las familias de Campo Viera que necesitan iniciar estos procesos judiciales —que son derechos de sus hijos, de sus hijas, de sus niños y niñas— ya no pueden hacerlo en Oberá, que es accesible en transporte urbano. Los derivaron a Aristóbulo del Valle.
Para alguien sin recursos, sin movilidad, con chicos a cargo, esa distancia es una barrera que cierra la puerta al derecho. Estamos hablando de los derechos de la infancia. Eso no es menor.
Vecinos que se fueron al Brasil a cosechar frutas para darle de comer a su familia
Somos la capital nacional del té. En plena cosecha. Y esta temporada, muchos viereños y viereñas se fueron a trabajar al Brasil, cruzando por Puerto Xavier o por Albaposé, a cosechar frutas del otro lado de la frontera. Se fueron solos.
Dejaron a su familia acá. Se separaron semanas, meses.
Uno de ellos me lo dijo con una claridad que todavía resuena: "Si no voy al Brasil, acá no tengo nada. Por lo menos en 15 días mi familia va a tener." Tienen amigos que les cuidan a la familia mientras están afuera. Hacen el doble de gasto. Viven partidos. Y aun así, lo eligen, porque es la única salida que ven.
Eso no es una anécdota. Es un diagnóstico. Es lo que le está pasando a nuestra gente en el corazón productivo de Misiones.
Las casas que no alcanzan y las familias que vuelven a juntarse por necesidad
El problema habitacional también se agravó. Quienes alquilan ya no llegan a pagar. Se mudan a lugares más baratos, a veces en condiciones muy precarias.
En más de una oportunidad me tocó ayudar con mi camionetita a trasladar a familias que tenían que dejar un alquiler y buscar otro más económico.
Y los hijos e hijas que habían logrado independizarse están volviendo a la casa de sus padres. Eso que suena a un reencuentro familiar, muchas veces es una convivencia forzada que genera nuevas tensiones, nuevos roces, nuevos conflictos. La casa chica se hace más chica todavía cuando el dinero no alcanza.
También estoy viendo situaciones muy duras con los adultos mayores que quedaron solos, sin red de apoyo familiar. He tenido que gestionar la incorporación de algunos de ellos a hogares, como el Santa Teresita, que hoy ya está colapsado. Y las personas con discapacidad están sufriendo de manera muy grave la caída en los servicios que les corresponden por derecho.
Y están los oleros. Tenemos una comunidad de oleros en Campo Viera, casi cien personas, que no venden. No tienen a quién venderle. Eso los pone en una situación de desesperación que afecta a todos los que los rodean.
Lo que más me preocupa, se está rompiendo el lazo solidario
Hay algo que no aparece en las estadísticas pero que yo lo veo todos los días, y es quizás lo que más me preocupa: la gente está empezando a encerrarse en sí misma.
La crisis económica está generando un criterio de vida cada vez más individualista.
Se va perdiendo el lazo de solidaridad. Se van perdiendo los lazos de lo colectivo, de poder trabajar por el otro.
Todavía hay gestos solidarios. Por eso la sociedad está resistiendo. Pero vivimos en una convivencia cotidiana llena de rispideces, de violencia que no siempre es física pero que está ahí, en el trato, en la mirada, en la falta de paciencia de quien está al límite.
Esta semana fui testigo de algo que no puedo dejar de mencionar: vecinos revolviendo bolsas de basura. Acá. En Campo Viera. En la capital nacional del té. En tiempo de cosecha.
Quiero pedirle algo a cada funcionario, a cada referente de salud, a cada vecino y vecina que pueda leer esto: agrandemos un poco más el corazón.
Escuchemos. Extendamos una mano. Compartamos lo que podemos. Porque ningún viereño, ninguna viereña, debería estar pasando por esto solo. La crisis la está imponiendo la política económica nacional.
Pero la respuesta tiene que nacer acá, entre todos nosotros.
Juan Maidana
Licenciado en Trabajo Social y presidente del Honorable Concejo Deliberante de Campo Viera


