"La gente está enojada con la política", Celia Soria advirtió que el retiro del Estado dejó los barrios a la deriva

La gente en los barrios está enojada. Enojada con la política, enojada con las promesas, enojada con los que solo aparecen para las elecciones y después se evaporan hasta la próxima campaña.

Marcelo Telez
24 feb 2026 · 10:58 · 8 min de lectura
"La gente está enojada con la política", Celia Soria advirtió que el retiro del Estado dejó los barrios a la deriva

Celia Soria lo dice sin anestesia, con la franqueza de quien camina el territorio todos los días y no necesita encuestas para saber lo que pasa: "La gente en los barrios está enojada con la política porque solo aparecen para las elecciones".

Celia es referente del espacio Horizonte Pueblo, de esos cuadros territoriales que sostienen comedores, gestionan bolsones, atienden emergencias y bancan el día a día sin estructura formal ni sueldo garantizado. Los que están cuando el Estado no está. Los que ponen el cuerpo mientras los funcionarios ponen excusas.

Y su diagnóstico sobre lo que está pasando en los asentamientos de Oberá es brutal: el Estado se retiró, y ese vacío lo está ocupando el narco.

Cuando el Estado no está queda una zona liberada

"Cuando se retira la presencia del Estado, pasan estas cosas", advierte Celia. No es teoría, es constatación empírica de alguien que ve cómo el narcomenudeo avanza en los barrios mientras las políticas públicas retroceden.

Los jóvenes que siempre vivieron en la marginalidad hoy no ven futuro. Muchos se están yendo a trabajar a Brasil, cuenta Celia, y las madres se quedan solas con los pibes. Sin contención, sin espacios, sin perspectiva.

El narcotráfico no necesita campañas electorales. Llega con efectivo, con protección, con una "estabilidad" perversa que el Estado abandonó. Y los pibes, que no tienen cancha para jugar al fútbol ni club donde entrenar, terminan con una moto en la puerta y un paquetito en el bolsillo.

Esa es la "estabilidad" que genera el retiro del Estado. Una estabilidad gestionada por dealers, no por asistentes sociales.

"Las asistentes sociales deberían estar en los barrios al menos una vez por semana", reclama Celia. No pide nada del otro mundo. Pide presencia. Que alguien del Estado camine los asentamientos, conozca los casos, registre las urgencias, articule soluciones.

Pero eso no pasa. O pasa poco. O pasa solo cuando hay emergencia y sale en los medios.

La astucia del enemigo

Celia tiene una lectura política aguda sobre por qué todavía no explotó todo. Por qué, con la pobreza escalando y la inflación comiendo salarios, no hay un estallido como en 2001.

"Es la astucia del enemigo", dice. Y explica: el gobierno de Javier Milei mantiene la Asignación Universal por Hijo y la Tarjeta Alimentar, dos herramientas que dejó el peronismo, precisamente para tener "el abajo controlado".

No es bondad. Es cálculo. Mantienen los derechos mínimos para evitar que la bronca social explote en las calles. Aunque en la góndola los precios se hayan duplicado, aunque los bolsones ya no alcancen, aunque las madres tengan que elegir entre comprar fideos o polenta.

Pero ese control tiene fecha de vencimiento. Porque la gente aguanta hasta que no aguanta más. Y cuando el enojo se acumula demasiado tiempo, no hay AUH que lo frene.

Los Legisladores Influencers

Uno de los momentos más filosos de la entrevista fue cuando Celia apuntó directo a los legisladores nacionales por Misiones. Esos que ganaron notoriedad en redes sociales pero tienen cero contacto con el territorio.

"Él (Diego Hartfield) es influencer ahora, hace videítos pero no va a los asentamientos".

La frase resume todo: tenemos legisladores que hacen TikToks pero no caminan barrios. Que acumulan likes pero no gestionan soluciones. Que tienen visibilidad mediática pero no presencia territorial.

Y el problema no es solo que no vayan. El problema es que nadie se los reclama. Porque el doble estándar es obsceno: al gobernador provincial se le exige todo, pero los legisladores nacionales —que tienen más capacidad de gestión, más acceso al poder central— pasan desapercibidos.

Hartfield se hizo famoso como el ex tenista que abrazó a Milei. Hace streamings, tiene seguidores, genera contenido. Pero cuando hay que ir a un asentamiento a escuchar a las vecinas que no tienen para comer, brilla por su ausencia.

Esa es la nueva política libertaria: más redes, menos territorio. Más videítos, menos gestión. Más gritos contra "la casta", menos soluciones para la gente real.

Betiana sí, pero no alcanza

Celia rescata el trabajo de Betiana Avancini, la Secretaria de Desarrollo Humano de Oberá. "Responde ante la emergencia", reconoce. Y ese reconocimiento no es menor, viniendo de alguien que no regala elogios.

Pero inmediatamente marca el límite: "Lo que no hay es presencia territorial constante". Porque una cosa es responder cuando el problema ya explotó, y otra muy distinta es estar antes, previniendo, conteniendo, articulando.

Betiana hace lo que puede con lo que tiene. El problema es estructural, no personal. El problema es que las políticas sociales dejaron de ser políticas y se convirtieron en parches de emergencia.

Antes había equipos territoriales que recorrían los barrios, relevaban situaciones, conectaban a las familias con programas, hacían seguimiento. Hoy hay bomberos apagando incendios cuando ya se quemó medio barrio.

Y eso no es culpa de Betiana. Es el modelo. Es la lógica del ajuste que convierte al Estado en una ventanilla que atiende reclamos pero no previene crisis.

Horizonte Pueblo: los que siguen estando

En medio de tanta ausencia oficial, espacios como Horizonte Pueblo sostienen lo que el Estado abandonó. Sin estructura formal, sin sueldos garantizados, sin recursos permanentes. Con voluntad, organización y convicciones.

"Horizonte Pueblo representa a los vecinos que quieren sumarse a ayudar sin tener un sueldo o una estructura formal", explica Celia. Gente común que se organiza, que arma ollas, que gestiona bolsones, que acompaña trámites, que contiene a las madres que no saben dónde caerse muertas.

No lo hacen por el currículum ni por la foto. Lo hacen porque alguien tiene que estar. Porque cuando una vecina te dice "mis hijos no comieron", no podés mirar para otro lado y decir "esperá a que venga el Estado".

"Aunque cueste, no podemos dejar de decir que sí cuando un vecino nos necesita", resume Celia. Y en esa frase hay una ética militante que se contrapone brutalmente con la lógica del "no es mi problema" que prima en la política profesional.

Fabio, la Línea y la Conducta

De cara a las internas del PJ, Celia Soria es clara: apoya a Francisco Fabio. Y explica por qué con argumentos que trascienden la coyuntura electoral.

"Es una persona que nunca traicionó, que siempre mantuvo una línea y una conducta", dice. En tiempos donde la política se convirtió en un mercado persa de alianzas oportunistas y saltos de vereda, la coherencia política es un activo cada vez más escaso.

Fabio representa, para Celia y para muchos militantes territoriales, una pertenencia ideológica que no se negocia por cargos. Una defensa del proyecto peronista que no se diluye cuando cambia el viento electoral.

"Le pido a la gente que nos acompañe si hay elecciones en abril", convoca. No es un llamado corporativo. Es una invitación a reconstruir el peronismo desde las convicciones, no desde el oportunismo.

El enojo que viene

Celia dice que la gente está enojada. Y tiene razón. Pero ese enojo todavía no tiene dirección clara. Está difuso, fragmentado, volcándose a veces contra los que menos responsabilidad tienen.

Le reclaman al intendente que no puede resolver lo que la crisis nacional destruye. Le exigen al gobernador que tape los agujeros que el ajuste nacional genera. Pero nadie le pregunta al legislador nacional libertario dónde está, qué hace, para qué sirve.

Ese enojo necesita pedagogía política. Necesita que alguien explique quién es responsable de qué. Quién tiene recursos y no los usa. Quién tiene poder y no lo ejerce. Quién promete y no cumple.

Y esa pedagogía no se hace desde los discursos grandilocuentes ni desde los estudios de televisión. Se hace territorio adentro, casa por casa, conversación por conversación.

Espacios como Horizonte Pueblo cumplen esa función. Ayudan a entender por qué falta la comida. No solo asisten: también politizan la asistencia.

Porque la bronca sin conciencia es energía desaprovechada. O peor: es energía que termina volcándose contra los más débiles o contra los que están bancando en el territorio.

El mensaje final

"Lo importante es estar, dar la cara y gestionar", cierra Celia. No promete milagros. No vende relatos épicos. Propone lo más básico y lo más difícil: presencia constante.

Estar cuando no hay cámaras. Gestionar aunque sea poco. Dar la cara aunque cueste. Mantener la organización aunque el Estado se haya retirado.

Esa es la batalla que Celia y miles de referentes territoriales dan todos los días en todo el país. Una batalla invisible para los medios nacionales, pero decisiva para la vida de millones de argentinos.

Porque cuando la política institucional falla, cuando el Estado se retira, cuando los recursos no llegan, lo único que queda es la organización popular.

Y esa organización, con todas sus limitaciones y contradicciones, sigue siendo la última trinchera entre la gente y el abandono total.

Redacción RPD Noticias

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