La fiesta que siempre es un éxito, aunque no cambie nada, por Willy Oviedo
Terminó la Fiesta del Chamamé y llegó el momento del balance. Un balance que, como toda liturgia provincial, ya viene escrito antes de que empiece la fiesta.

La versión oficial es un clásico del género: éxito mundial, récord de asistencia, turistas desbordando el Nordeste, emoción colectiva, y la inevitable foto del gobernante convertido en estrella pop.
Un relato tan previsible que podría imprimirse en serie y servir para cualquier año, cualquier gestión y cualquier escenario.
En esa narrativa, nada fuera del guion importa.
No importa si las entradas “sin cargo” se revendían por Facebook.
No importa si los artistas locales quedaron sin cobrar.
No importa si la policía maltrataba a mujeres en la entrada.
No importa si quien contrataba artistas era el mismo que vendía choripanes adentro del anfiteatro.
La historia oficial no se escribe con hechos: se escribe con luces, humo y decibeles.
La escena tiene antecedentes históricos. En el Virreinato, los funcionarios reales organizaban fiestas públicas para demostrar presencia y autoridad.
En el siglo XIX, los caudillos hacían desfilar tropas para que nadie olvidara quién pagaba la música.
Hoy, la política local sube al escenario como si fuera la figura central del evento, es el caso del gobernador Pablo Valdés, convencida de que los gritos son aprobación y no simple reflejo de la cultura del espectáculo.
La historia cambia de vestuario, pero nunca de libreto.
Lo más llamativo es la docilidad del sistema cultural. Artistas con décadas de trayectoria, con prestigio ganado a fuerza de escenarios y caminos, se prestan a la ficción como si necesitaran la bendición del que financia la fiesta —pero no con su plata.
La escena recuerda a los cumpleaños infantiles donde el payaso obliga a la cumpleañera a participar para que el show funcione.
La diferencia es que acá el payaso no es el que entretiene: es el que administra el presupuesto.
Y el público acompaña. Gritos, saltos, lágrimas, como si estuvieran viendo a los Beatles llegar por primera vez a Estados Unidos.
En eso nos convertimos: en devotos de la presencia política del gobernador, más que de la música.
Pocos conjuntos de los que pasaron por el escenario despertaron tanto fervor como el ingreso del gobernante de turno.
Y él, convencido de que la ovación era un plebiscito, se ubicó en el centro simbólico del evento.
Pero cuando uno habla con quienes van todos los años, la respuesta es otra. “Como siempre nomás.”
Ni mejor ni peor.
Ni más grande ni más chico.
Ni más profundo ni más innovador.
Simplemente lo mismo.
Cero valor agregado.
La Fiesta del Chamamé ya no celebra al chamamé: celebra al poder. Y mientras sigamos aplaudiendo al que sube al escenario solo para sacarse la foto, la cultura seguirá siendo utilería, el público seguirá siendo claque (publico contratado para aplaudir) y la provincia seguirá confundiendo identidad con propaganda.
En Corrientes, la música es eterna; lo efímero —y ruidoso— es el circo que la rodea.
Willy Oviedo


