
La foto ya la vimos mil veces en estos años: la funcionaria de Washington, el presidente de turno, el optimismo cauteloso de siempre. ¿Qué cambió esta vez? Nada. Y ese "nada" es la noticia.
Vamos a los números, porque acá los números no opinan, informan.
Desde que Macri pidió el rescate en 2018, la deuda con el FMI no bajó nunca de los 40.000 millones de dólares. Ni un mes. Argentina es hoy el principal deudor del organismo en el planeta.
Y lo que viene no es un dato menor: 7.700 millones en 2027, 10.000 millones en 2028, 11.000 millones en 2029, 12.000 millones en 2030. Al ritmo actual, terminamos de pagar en 2038. Hagan la cuenta de cuántas elecciones presidenciales hay entre hoy y esa fecha. Son cuatro.
¿Y a Georgieva le preocupa que no lleguemos a pagar? No. Lo dijo con esas palabras, mirando de reojo al Banco Central: "No me preocupa Argentina, que Argentina no tenga el dinero para pagar." Después agregó, casi al pasar: "Sigan comprando, sigan comprando." Uno tendría que preguntarse por qué a la dueña de la deuda no le inquieta si se la van a poder pagar. La respuesta no es fe en la Argentina. Es otra cosa.
Es la doble vara. El año pasado el Banco Central no cumplió ni una de las metas de reservas que el propio Fondo le había puesto como condición. Y los desembolsos llegaron igual, puntuales, sin drama.
¿Cuándo vimos esta película? En marzo de 1976. Una misión del FMI le negó plata al gobierno de Isabel Perón, que se caía a pedazos en medio de una corrida. Dos días después del golpe de Estado, el mismo Fondo autorizó lo que le había negado semanas antes. Meses después, con elogios a Martínez de Hoz, le dio a la dictadura el préstamo más grande jamás otorgado a un país latinoamericano hasta ese momento. Al Fondo no le importa la democracia. Le importa la alineación.
Por eso Georgieva anunció que va a ir personalmente a Vaca Muerta. No es turismo.
Es una forma de asegurarse, con las botas puestas en el barro neuquino, de que el chorro de dólares que genera la exportación de hidrocarburos siga entrando al circuito de pago de la deuda, mientras Estados Unidos consigue lo que necesita: energía que no dependa de Medio Oriente ni de Rusia. Nosotros ponemos el recurso. Ellos ponen la condición.
Y ahora la parte que más bronca da, porque no es interpretación mía: está en la letra chica del propio estatuto del Fondo. Antes de prestar, el organismo tiene que verificar que existan controles de capitales para que esa plata no se fugue.
En el año posterior al acuerdo de Macri de 2018, el Fondo giró 39.000 millones de dólares. En el mismo lapso se fugaron 30.000 millones.
Ahora, nuevamente con Caputo, pasó calcado: de los 20.000 millones del año pasado, una porción equivalente salió por giro de utilidades, atesoramiento, turismo. El propio personal del Ministerio de Economía se lo escribió por carta a Georgieva: esto es una figura prohibida por su propio estatuto. ¿Alguien vio consecuencias? Ninguna.
Así que llamemos a esto por su nombre. No es una deuda. Es un préstamo político que un sector muy chico se llevó puesto, y que ahora nos toca pagar a todos: con 200.000 empleos formales destruidos y 500.000 informales creados desde diciembre de 2023, con salarios planchados, con la promesa de siempre de que la próxima reforma —laboral, previsional, del monotributo— va a ser la que enderece el rumbo.
Y esto, que se discute en el microcine del Palacio de Hacienda con micrófonos y corbatas, también se siente en el interior, en Misiones, donde la informalidad y la caída del consumo no son una cifra del INDEC sino la vidriera cerrada de la otra cuadra.
La city porteña negocia con Washington. Nosotros pagamos la cuenta, estemos o no en la foto.
Georgieva vino a asegurar reservas, a bendecir Vaca Muerta y a proyectar calma de cara a 2027. Trump, del otro lado del mapa, se lleva lo que vino a buscar: un socio energético confiable en su propio patio y un gobierno regional que no le va a discutir nada.
Kristalina, al gobierno. Trump, al poder.
Marcelo Telez
Director RPD Oberá


