El estándar con el que debería evaluarse este acuerdo, por Graciela Camaño
Vi exhaustivamente el contenido del acuerdo comercial entre Argentina y Estados Unidos, sector por sector, y comparare con la experiencia de los países que firmaron acuerdos similares con EE.UU.

Llego a una primera conclusión: este no es un “gran acuerdo” negociado desde una posición de fuerza, pero tampoco es un fracaso en sí mismo.
Es, más bien, una negociación asimétrica, defensiva y estratégica, típica de un país que necesita anclaje externo, previsibilidad y acceso, y de una potencia que busca reglas, alineamiento y ordenamiento regulatorio.
Milei negoció para entrar y estabilizar expectativas; Estados Unidos, para exportar estándares y asegurar cadenas estratégicas.
La evidencia comparada es clara: en los casos exitosos (Chile, Corea del Sur, Canadá), el acuerdo fue una herramienta, no un sustituto de política económica.
Estos países ya tenían estrategia productiva, protegieron sectores sensibles con transición, exigieron acceso real a mercado y corrigieron desvíos durante la implementación. El resultado fue más exportación, más inversión y transformación productiva.
En los casos intermedios (México, Perú, Colombia), el acuerdo permitió crecer en exportaciones y atraer inversión, pero sin resolver problemas estructurales: salarios bajos, dependencia de pocos sectores o escaso valor agregado. No fracasaron, pero tampoco despegaron plenamente.
En los casos débiles (varios países de Centroamérica y algunos acuerdos en Medio Oriente), la combinación de apertura rápida, Estado débil y ausencia de estrategia productiva derivó en especialización pobre y alta vulnerabilidad externa.
El patrón se repite siempre: los acuerdos con EE.UU. no funcionan solos. Funcionan bien cuando hay política macro estable, crédito, logística, defensa comercial inteligente y transición laboral. Funcionan mal cuando se cree que firmar equivale a crecer.
Desde ese marco, el acuerdo argentino no puede evaluarse solo por su texto. El texto concede bastante en reglas y regulación, y ofrece accesos que son reales en algunos sectores y potenciales o graduales en otros. Eso refleja la correlación de fuerzas y la urgencia argentina.
El verdadero riesgo no está en haber firmado, sino en cómo se implemente:
- si la apertura se desordena y golpea a la industria antes de bajar costos.
- si no se usan las cláusulas técnicas para mejorar accesos sectoriales.
- si no hay política activa de reconversión productiva y laboral.
- o si se confunde alineamiento estratégico con renuncia a negociar resultados.
El acuerdo puede ser una plataforma para crecer o un techo que cristalice debilidades. La diferencia no la hace Estados Unidos ni el texto firmado: la hace Argentina.
Si algo muestra la experiencia internacional es esto: los países que ganaron no fueron los más complacientes ni los más ideológicos; fueron los más estratégicos, exigentes y consistentes después de la firma.
Ese es el estándar con el que debería evaluarse este acuerdo.
No como un dogma, ni como una traición, sino como lo que es: una herramienta que todavía puede jugar a favor o en contra.
Graciela Camaño


