
Dos años de ajuste feroz, de represión en las calles, de confrontaciones con gobernadores, diputados y con todo aquel que se atreviera a pensar distinto.
Dos años de insultos convertidos en política de Estado. Y sin embargo, en estas elecciones legislativas, el pueblo volvió a darle su voto de confianza.
¿Cómo se explica? ¿Qué nos pasó como sociedad?
Tal vez estamos anestesiados por la urgencia cotidiana. El precio del pan, el alquiler, la falta de trabajo, la incertidumbre constante. Tal vez el dolor económico se volvió tan profundo que ya no deja espacio para pensar en proyectos colectivos.
O quizás los grandes medios de comunicación cumplieron con eficacia su tarea de moldear la opinión pública, transformando el sufrimiento en resignación, y la bronca en una forma de obediencia.
También es cierto que la oposición ayudó —o mejor dicho, facilitó— este escenario. Dividida, ensimismada, sin un proyecto de país, sin una narrativa que enamore. En lugar de construir una alternativa, se dedicaron a disputarse migajas de poder.
Y el pueblo, sin una opción clara que lo contenga, eligió nuevamente al que grita más fuerte, al que promete dinamitar lo que no funciona, aunque eso implique dinamitar también lo poco que queda en pie.
Pero más allá de las estrategias electorales o los discursos de campaña, lo que se impone es una sensación de déjà vu histórico. Este modelo económico, el del ajuste perpetuo, la desindustrialización, las privatizaciones encubiertas, la flexibilización laboral y la deuda eterna, ya fracasó.
Fracasó con los militares, fracasó con Menem, fracasó con De la Rúa. Y vuelve a fracasar ahora, aunque la derrota aún no se haya terminado de escribir.
Porque detrás de la aparente calma que muestran los números electorales, late una sociedad quebrada. Un país que se empobrece mientras unos pocos se enriquecen obscenamente. Una nación que parece resignarse a vivir sin industria, sin trabajo digno, sin soberanía.
Las elecciones dejan una certeza amarga: no siempre el voto expresa esperanza; a veces expresa miedo, desorientación o simplemente costumbre.
El desafío, entonces, es despertar de esta anestesia colectiva, volver a pensar un país posible y recuperar la capacidad de soñar con un futuro distinto.
Porque si algo nos enseña la historia argentina es que ningún ajuste puede sostenerse eternamente.
Tarde o temprano, el pueblo vuelve a hacerse escuchar.
Pedro Ríos


