
Ser una nación libre y soberana significa, fundamentalmente, tener la capacidad material y política de decidir nuestro propio destino, de manejar nuestros recursos en beneficio del pueblo y de no rendir pleitesía a ningún poder extranjero.
La verdadera libertad de una patria no es una abstracción teórica: se mide en las aulas públicas, en la soberanía alimentaria, en el control de nuestras fronteras y en la fortaleza de nuestras industrias.
Hoy, asistimos a un alarmante contraste entre los consensos históricos de nuestra emancipación y el rumbo político que encabeza Javier Milei.
Bajo la bandera de una "libertad" malentendida e individualista, se está ejecutando un proceso sistemático de entrega de la soberanía nacional que opera en dos frentes simultáneos: el práctico y el simbólico.
La entrega práctica: El desguace del Estado
En lo cotidiano, la soberanía se defiende gestionando lo propio. Sin embargo, las políticas de privatización y el desmantelamiento de las empresas estatales no representan una modernización, sino una claudicación.
Entregar los recursos estratégicos, rifar las telecomunicaciones, el transporte, la energía y la infraestructura nacional a capitales transnacionales es desarmar los resortes que nos permiten existir como un país autónomo.
Un país sin empresas nacionales es un país sin herramientas para desarrollarse, quedando a merced de los intereses de directorios corporativos extranjeros que no tienen ningún compromiso con el bienestar del pueblo argentino.
La entrega simbólica: La subordinación cultural
La pérdida de soberanía material siempre viene precedida y acompañada por una colonización cultural. Los símbolos importan porque construyen identidad.
Celebrar de forma desmedida el 4 de julio anglosajón o la reciente y dolorosa imagen de la bandera de los Estados Unidos flameando en el Monumento Nacional a la Bandera en Rosario —un sitio sagrado erigido para honrar la gesta de Manuel Belgrano— actúan como tristes metáforas de un alineamiento incondicional.
Aunque estas prácticas a veces se amparen en la diplomacia formal, el contexto político actual las dota de un peso explícito: la veneración al norte global mientras se despecia la historia y el entramado científico, cultural y social de nuestra propia tierra.
La independencia no es un patrimonio heredado que se cuida solo; es una construcción diaria. Ser libres y soberanos es exactamente lo contrario a privatizar el futuro y extranjerizar el presente.
En estos tiempos de confusión, recordar a los hombres y mujeres que fundaron la patria nos obliga a entender que la libertad de una nación no se declama arrodillándose ante potencias extranjeras ni desguazando el Estado, sino fortaleciendo nuestra autodeterminación y defendiendo, con orgullo, lo que es de todos los argentinos.
Pedro Ríos
La Mala Palabra - RPD Oberá


