La Libertad no se vende, la Soberanía se defiende, por Pedro Ríos

Hablar de la Independencia argentina no es evocar un evento estático que quedó congelado en el almanaque de 1816; es interpelar nuestro presente.

Marcelo Telez
9 jul 2026 · 20:59 · 3 min de lectura
La Libertad no se vende, la Soberanía se defiende, por Pedro Ríos

Ser una nación libre y soberana significa, fundamentalmente, tener la capacidad material y política de decidir nuestro propio destino, de manejar nuestros recursos en beneficio del pueblo y de no rendir pleitesía a ningún poder extranjero.

La verdadera libertad de una patria no es una abstracción teórica: se mide en las aulas públicas, en la soberanía alimentaria, en el control de nuestras fronteras y en la fortaleza de nuestras industrias.

Hoy, asistimos a un alarmante contraste entre los consensos históricos de nuestra emancipación y el rumbo político que encabeza Javier Milei.

Bajo la bandera de una "libertad" malentendida e individualista, se está ejecutando un proceso sistemático de entrega de la soberanía nacional que opera en dos frentes simultáneos: el práctico y el simbólico.

La entrega práctica: El desguace del Estado

En lo cotidiano, la soberanía se defiende gestionando lo propio. Sin embargo, las políticas de privatización y el desmantelamiento de las empresas estatales no representan una modernización, sino una claudicación.

Entregar los recursos estratégicos, rifar las telecomunicaciones, el transporte, la energía y la infraestructura nacional a capitales transnacionales es desarmar los resortes que nos permiten existir como un país autónomo.

Un país sin empresas nacionales es un país sin herramientas para desarrollarse, quedando a merced de los intereses de directorios corporativos extranjeros que no tienen ningún compromiso con el bienestar del pueblo argentino.

La entrega simbólica: La subordinación cultural

La pérdida de soberanía material siempre viene precedida y acompañada por una colonización cultural. Los símbolos importan porque construyen identidad.

Celebrar de forma desmedida el 4 de julio anglosajón o la reciente y dolorosa imagen de la bandera de los Estados Unidos flameando en el Monumento Nacional a la Bandera en Rosario —un sitio sagrado erigido para honrar la gesta de Manuel Belgrano— actúan como tristes metáforas de un alineamiento incondicional.

Aunque estas prácticas a veces se amparen en la diplomacia formal, el contexto político actual las dota de un peso explícito: la veneración al norte global mientras se despecia la historia y el entramado científico, cultural y social de nuestra propia tierra.

La independencia no es un patrimonio heredado que se cuida solo; es una construcción diaria. Ser libres y soberanos es exactamente lo contrario a privatizar el futuro y extranjerizar el presente.

En estos tiempos de confusión, recordar a los hombres y mujeres que fundaron la patria nos obliga a entender que la libertad de una nación no se declama arrodillándose ante potencias extranjeras ni desguazando el Estado, sino fortaleciendo nuestra autodeterminación y defendiendo, con orgullo, lo que es de todos los argentinos.

Pedro Ríos

La Mala Palabra - RPD Oberá

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