La deuda como cadena, por Pedro Ríos

Nos dicen que la deuda es necesaria. Nos dicen que sin deuda no hay futuro. Nos dicen que el crédito es confianza, que es la llave para abrir las puertas del progreso.

Marcelo Telez
5 oct 2025 · 18:05 · 4 min de lectura
La deuda como cadena, por Pedro Ríos

Pero en nuestro país, cada vez que escuchamos esa palabra mágica —deuda—, lo que se abre no es una puerta, sino un calabozo.

Porque la deuda no es neutra.

No es un simple número en una planilla. La deuda tiene nombre, tiene rostro, tiene víctimas.

Y esas víctimas siempre son las mismas: el pueblo trabajador, el jubilado, la maestra, el enfermero, el estudiante.

Hoy nos hablan de “nueva deuda”, de “acuerdos con el Tesoro”, de “puentes financieros”. Dicen que es para estabilizar, para dar tranquilidad a los mercados, para asegurar que no falten dólares.

Pero la pregunta es: ¿tranquilidad para quién?

¿Para el que especula desde Wall Street o para el que llega con las monedas contadas al almacén?
La deuda no es un puente. Es una cadena.

Una cadena que se ata al cuello de generaciones enteras.

Nos encadenaron en los 80, en los 90, en el 2001, en el 2018… y ahora quieren encadenarnos otra vez.

Y cada vez que esa cadena se cierra, la historia se repite: se ajusta el gasto público, se recortan derechos, se venden las joyas de la abuela, los recursos de todos, las empresas estratégicas...

Y al final, ¿qué queda?

Un país más pobre, más desigual, más dependiente.

Nos dicen que esta vez es distinto. Que ahora hay “responsabilidad fiscal”. Que ahora sí vamos a crecer.
Pero los hechos desmienten los discursos.

Porque mientras firman nuevos bonos, en los hospitales faltan insumos.

Mientras negocian con banqueros, las Universidades Públicas cierran carreras por falta de presupuesto.
Mientras celebran el “alivio financiero”, las familias se endeudan en el supermercado para llenar media heladera.

¿De qué alivio nos hablan?

¿Quién se siente aliviado?

El que compra un bono y cobra en dólares, sí. El que cobra en pesos y vive el día a día, no.

Y ojo: no se trata de desconocer las deudas, se trata de entender quién las generó, quién las usufructúan, y quién las paga.

Porque acá hay una estafa repetida: se endeudan unos pocos para enriquecerse, y se empobrece la mayoría para pagar.

Socialización de las pérdidas, privatización de las ganancias. Esa es la verdadera doctrina del sistema financiero internacional.

Y la prensa concentrada acompaña, claro.

Editoriales de diarios que aplauden el ajuste como si fuera un sacrificio noble, mientras se callan frente al hambre del barrio. Columnistas que repiten el mantra: “no hay alternativa”.

Siempre el mismo libreto: naturalizar el dolor para justificar la obediencia. Pero yo me pregunto: ¿no hay alternativa?

¿No la hubo en 2003, cuando la decisión política fue recuperar la dignidad y crecer desendeudados?. ¿No la hubo cuando se apostó a la industria, al mercado interno, al salario como motor de la economía?

Sí, la hubo.

Y puede haberla de nuevo.

Pero no la van a construir quienes siguen de rodillas frente al Fondo, frente a los bancos, frente al capital especulativo.

La alternativa solo nace de un pueblo consciente, organizado, dispuesto a defender su soberanía económica.

Porque soberanía no es una palabra vacía. Soberanía es decidir que los recursos de la nación se usan para el bienestar de la nación. Soberanía es que el presupuesto vaya primero a la educación, a la salud, al trabajo. Soberanía es que no se gobierne para calmar a los mercados, sino para darle esperanza a la gente.

La deuda es una cadena, sí.

Pero ninguna cadena es indestructible.

La historia enseña que cuando los pueblos dicen basta, las cadenas se rompen.

Y ese basta se construye todos los días: en la calle, en la escuela, en la fábrica, en cada lugar donde alguien se niega a aceptar que el futuro es hipotecar la vida de sus hijos.

Nos quieren convencer de que el ajuste es inevitable. Nos quieren convencer de que resignarse es madurez.

Pero inevitable es la dignidad de un pueblo que no soporta la humillación. Inevitable es la lucha cuando la alternativa es la miseria.

Y ese es el dilema: De un lado, los que dicen que no hay otro camino que endeudarse. Del otro, los que creemos que el único camino digno es el de la soberanía, el trabajo y la justicia social.

No nos confundamos: la deuda no es futuro, es condena. No es confianza, es sometimiento. No es inversión, es saqueo.

Y frente a eso, solo hay dos opciones: aplaudir en silencio… o resistir con dignidad.

Yo elijo resistir. ¿Ustedes?

Pedro Ríos

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