
El primero fue pasadas dos horas del mediodía, el segundo nos agarró un rato después. La CELO reportó nuevamente “Corte total de Energía Eléctrica. Línea 132 kv (Roca - Oberá) fuera de servicio”.
Oberá y varias localidades cercanas sin luz. Silencio de heladeras, comercios frenados, ventiladores mudos bajo 35 grados, y ese suspiro cada vez más cargado del obereño que ya perdió la capacidad de asombro.
Porque esta película ya la vimos. Y no una sola vez.
La pregunta que cabe no es técnica, es humana: ¿cómo le impacta esto a alguien que trabaja todo el día, a quien necesita energía para producir, vender, conservar alimentos, estudiar, o simplemente pasar la tarde sin que el calor lo aplaste?
¿Cómo afecta al humor social, al ánimo, a la paciencia colectiva, a esa delgada línea que separa la tolerancia de la bronca?
Ahí es donde aparece la palabra laberinto.
Un laberinto que no es de paredes altas de piedra, sino de decisiones políticas que se acumulan durante años, y rutas que no conducen a salidas claras. Se entra fácil, pero salir requiere algo más que suerte.
En pleno siglo XXI, Misiones parece atrapada en un laberinto propio, un camino donde la Renovación, con más de dos décadas en el ejercicio del poder, encontró un método que le funcionó y lo repitió hasta convertirlo en costumbre.
El mismo consiste en traer figuras de la oposición, incorporarlas, premiarlas con puestos, absorberlas en su estructura, mezclar adversarios con aliados, y asegurarse que la rueda siga girando. El resultado es un ecosistema político donde casi nadie se jubila realmente. El que deja una banca aparece a los meses en un Ente o Empresa del Estado.
El que sale de un ministerio, aterriza en algún directorio, y así, la maquinaria nunca deja de funcionar.
Pero ese mecanismo tiene efectos colaterales.
Cuando se incorporan cuadros que no tienen territorio, no tienen base política real y no responden a vecinos, militantes, organizaciones políticas ni sindicatos, el vínculo con la ciudadanía se debilita.
La pertenencia territorial se diluye, y el territorio queda en manos de intendentes con presupuestos ajustados, o directamente se abandona.
Ahora bien, ninguno de estos movimientos de la política resuelve el problema que hoy nos dejó sin energía dos veces en un día.
Y nadie olvida que la famosa Línea 132 tiene promesa eterna de solución. Que el crédito está, pero todavía no se ejecuta. Que la CAF aprobó, pero Nación podría vetar. Que hay tironeo con Buenos Aires. Que las cuentas no cierran. Que Misiones controla sus gastos, pero igual necesita plata, como cualquiera.
Algunos dicen que esto es parte del toma y daca: la provincia da votos, apoyo legislativo, gobernabilidad, a cambio de recursos para hacer obras. Pero hoy la Nación no paga, la provincia reclama, y nosotros en el medio transpiramos sin luz.
El Frente Renovador Neo, o como quieran llamarle ahora, tiene nombres nuevos, caras jóvenes, streamings, discursos ensayados y justificaciones prolijas. Pero no necesariamente tiene más votos, eso las últimas elecciones lo demostraron.
Y sobre todo, no tiene aún respuestas.
En política, las jugadas audaces rotan. Hasta los líderes más astutos pierden reflejos con el tiempo.
Carlos Rovira los tuvo, sin dudas. Siguió conectado, negoció con todos, incluso con quienes le ganaron en la calle aquella vez del obispo Piña. Por eso gobierna desde hace más de veinte años.
Pero desde hace un tiempo, no se ven movimientos de ese calibre. Se ve más bien una administración de lo existente, un cambio de figuritas, un reparto interno.
Mientras tanto, afuera: sueldos estatales achicándose frente a la inflación, el IPS con dificultades y el plus que cada vez duele más en el bolsillo, hospitales abarrotados, escuelas pidiendo aportes para que les corten el pasto para empezar las clases y usuarios sacudidos por tarifas y cortes.
Y la luz vuelve, sí. Quince o veinte minutos después. Pero el recuerdo queda. El malestar crece. Y el laberinto se siente más estrecho.
Dicen que la forma de salir de un laberinto es por arriba. Que hay que elevarse para ver la salida.
En Misiones, tal vez sea al revés.
Tal vez la salida esté por abajo, en volver a mirar lo básico: ¿para qué nació la Renovación?, ¿quién la sostenía?, ¿cuáles eran los objetivos que enamoraron al votante común?.
Y recuperar esa relación elemental con la gente de a pie, la que paga impuestos, la que no acumula cargos, la que prende un ventilador para pasar la siesta y no sabe si va a funcionar.
Porque si la salida no aparece, el que encontrará su camino será el ciudadano, no la dirigencia. Y el voto, cuando llega, no necesita luz para hacerse sentir.
Marcelo Telez


