
Cerca de las dos de la madrugada, hora de Washington, Donald Trump anunció el inicio de las hostilidades contra Irán.
Lo que durante semanas fue tensión, advertencia y diplomacia de fachada, se convirtió en bombas.
Y las bombas, como siempre, cayeron sobre los que menos tienen la culpa.
Una guerra caprichosa
Llamemos las cosas por su nombre. Este no es un conflicto inevitable ni una respuesta legítima a una amenaza inminente.
Es una guerra caprichosa, manipulada, impulsada desde Tel Aviv por el entorno de Benjamin Netanyahu y avalada por una Casa Blanca que confunde fuerza con política.
A pocas horas del inicio de los ataques, el gobierno iraní informó que 20 de sus 31 provincias habían recibido impactos. Las imágenes que empezaron a circular no mostraban instalaciones militares destruidas ni plantas nucleares en llamas. Mostraban escuelas.
En una de ellas murieron al menos 90 niñas. De las primeras 200 víctimas confirmadas por Teherán, la mayoría eran mujeres y niños.
Eso es lo que hay debajo del lenguaje aséptico de los comunicados oficiales. Eso es lo que la prensa occidental tardó horas en informar.
Ali Jamenei y la continuidad del Poder
La residencia del líder supremo Ali Jamenei fue destruida en las primeras horas. Irán decretó cuatro días de duelo nacional, confirmando lo que el mundo ya intuía: el Ayatolá ha muerto.
Sin embargo, el gobierno persa señaló que existe continuidad institucional.
El régimen no colapsó con el primer golpe. Y eso, para quienes diseñaron esta operación esperando un derrumbe rápido, es una mala noticia.
Irán tiene 80.000 misiles. En las primeras horas de la guerra, según analistas europeos, solo había lanzado 200. La aritmética es brutal.
La respuesta de Teherán
Irán no tardó en responder. Los objetivos fueron Tel Aviv, Jerusalén y Haifa; aeropuertos israelíes; y — lo que más preocupa a los estrategas — las bases norteamericanas en Qatar, Bahréin, Kuwait, Emiratos Árabes y Arabia Saudita.
La base naval de Bahréin es crítica. Si queda inutilizada, los buques de combate norteamericanos deberían replegarse hasta Diego García, en el Índico: ocho días de travesía de ida y vuelta. En la dinámica de una guerra moderna, eso es una eternidad.
También fueron atacadas la base de la CIA en Dubai y la del Mossad en Israel.
No es la respuesta de un régimen agonizante. Es la respuesta de alguien que lleva años preparándose para este momento.
El Estrecho que mueve al Mundo
Irán anunció el cierre del Estrecho de Ormuz. Por ese angosto paso marítimo transita aproximadamente el 20% del comercio mundial de petróleo.
No es un detalle logístico: es una palanca económica de primer orden.
Los mercados de futuros abren este domingo. Lo que suceda en esas primeras horas marcará el pulso financiero de la semana. La pregunta que nadie puede responder todavía es cuánto vale un barril de petróleo en un mundo donde el Golfo Pérsico es una zona de guerra activa.
Y la pregunta que nadie en los grandes medios occidentales se anima a formular: ¿quién pensó que esto no iba a tener consecuencias?
La Prensa que No Pregunta
Los cinco grandes diarios norteamericanos —New York Times, Los Ángeles Times, Wall Street Journal, Washington Post, USA Today— publicaron esta madrugada exactamente el mismo titular: "Estados Unidos e Israel atacaron Irán". Y debajo, sin variación, la misma línea editorial: "El objetivo es cambiar el régimen".
No es casualidad. Es coordinación. La prensa occidental no cubrió esta guerra: la anunció. Y horas después, ya hablaba de victoria.
En Argentina, lamentablemente, la situación no es mejor. Los medios locales repiten el relato de Washington y Tel Aviv con la misma docilidad de siempre. Festejan antes de tiempo. Y omiten lo que no encaja en el libreto: las escuelas. Las niñas. Los civiles.
Lo que nadie sabe todavía
Estamos lejos del escenario. La información llega fragmentada, parcial y atravesada por los intereses de cada parte. No vamos a pretender que sabemos más de lo que sabemos.
Lo que sí podemos decir es esto: la historia de este conflicto no terminó con el primer ataque.
Los herederos de Jamenei deberán decidir si continúan la lucha o buscan una salida. Rusia y China observan. El Sahel africano —Níger, Burkina Faso, Mali— que echó a los militares norteamericanos de su territorio, también observa. Taiwán observa.
El mundo entero está mirando cómo se resuelve esta partida. Y no todos los jugadores han puesto sus cartas sobre la mesa.
Hay guerras que se pierden antes de terminar porque la brutalidad del primer golpe le da la razón moral al que recibe. Esta puede ser una de ellas.
Las 90 niñas muertas en esa escuela iraní no eran una amenaza para nadie. No tenían misiles. No conspiraban contra ningún gobierno. Solo estaban en clase.
Ojalá quienes tienen el poder de frenar esto lo recuerden. Porque en las guerras entre imperios, como siempre supimos, los únicos que pagan con la vida son los que no eligieron estar ahí.
Daniel Barrios
Secretario de Redacción | RPD Noticias


